Donde nadie imagina, ahí están las Voluntarias de Don Bosco: mujeres consagradas al servicio de Dios

En un mundo que suele valorar lo visible, lo inmediato y lo espectacular, existe una presencia silenciosa que trabaja cada día sembrando esperanza. Somos las Voluntarias de Don Bosco (VDB), mujeres consagradas seculares salesianas que hemos elegido vivir plenamente para Dios sin abandonar las realidades ordinarias de la vida.

Allí donde nadie imagina, ahí estamos. Vivimos y trabajamos en medio de la gente. Algunas servimos en escuelas y ambientes educativos; otras, en hospitales, oficinas, barrios, espacios pastorales, realidades familiares, obras sociales o ámbitos culturales. Allí, en medio de las tareas comunes de cada día, procuramos ser presencia de esperanza, escucha, cercanía y servicio. Nuestra misión no suele ser llamativa, pero quiere ser profundamente evangélica: estar, acompañar, sostener, animar y ayudar a transformar la vida desde dentro.

Nuestra vocación posee una característica única: no vivimos separadas del mundo, sino dentro de él. Como afirma el Proemio de las Constituciones, los Institutos Seculares nacieron para realizar una síntesis entre la total entrega a Dios y una acción transformadora desde dentro de las realidades humanas. Esta misión se convierte en una respuesta profética para nuestro tiempo, porque demuestra que la santidad puede florecer en la cotidianidad.

No tenemos obras propias ni llevamos vida en común. Nuestro convento es el mundo y nuestro campo de misión es la vida diaria. Allí ejercemos nuestro apostolado con discreción, viviendo como cualquier otra persona, pero con el corazón totalmente entregado a Dios. Somos laicas que vivimos en el mundo por opción vocacional y que, «a modo de levadura», buscamos contribuir desde dentro a la santificación de la sociedad. Inspiradas por Don Bosco, buscamos difundir bondad y optimismo, creando ambientes de familia y confianza. En una época marcada por el pesimismo y la fragmentación, queremos testimoniar que la alegría cristiana sigue siendo posible. Nuestra esperanza no nace de la ausencia de dificultades, sino de la certeza de que Dios actúa en la historia.

Esa esperanza se alimenta de una profunda vida interior. Aunque vivimos inmersas en las actividades del mundo, procuramos hacer de toda nuestra existencia un diálogo continuo con el Señor. Las Constituciones nos describen como «contemplativas en lo cotidiano», capaces de descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos ordinarios. Desde esa experiencia de fe encontramos la fuerza para permanecer en el mundo y transformarlo sin dejarnos arrastrar por sus contradicciones.

Nuestra vocación sostiene la esperanza porque testimonia que el amor de Dios sigue actuando silenciosamente en la humanidad. En tiempos donde muchas personas buscan sentido, queremos mostrar, con una vida sencilla y fiel, que la entrega generosa, la fidelidad y el servicio siguen siendo caminos de plenitud. Nuestra vida recuerda que el Evangelio puede encarnarse en cualquier ambiente y que cada realidad humana puede convertirse en espacio de encuentro con Dios.

Donde nadie imagina, ahí estamos. No buscamos protagonismo ni reconocimiento. Nuestra misión consiste en ser luz sin llamar la atención, sembrar sin esperar aplausos y amar sin condiciones. Como la levadura que desaparece en la masa para hacerla crecer, las Voluntarias de Don Bosco queremos transformar el mundo desde dentro. Y, precisamente porque permanecemos ocultas, nuestro testimonio puede resultar aún más elocuente: sostenidas por Cristo y animadas por el carisma salesiano, seguimos haciendo presente la esperanza allí donde más se necesita.

¿Y si Dios también te está llamando?

Quizás, mientras lees estas líneas, sientes en tu corazón una inquietud especial. Tal vez te preguntas si es posible entregar la vida totalmente a Dios sin dejar tu profesión, tu familia, tus amistades o los ambientes donde te desarrollas cada día. Las Voluntarias de Don Bosco son testimonio de que esta vocación existe y sigue siendo una respuesta actual a las necesidades de la Iglesia y del mundo.

Si eres una joven soltera entre los 23 y los 40 años, con deseos de profundizar tu relación con Jesús, de servir a los demás y de hacer de tu vida una misión, te invitamos a abrir el corazón a la acción del Espíritu Santo. No tengas miedo de preguntarle al Señor qué sueña para ti. Él continúa llamando hoy, como ayer, a mujeres generosas que quieran hacer de su vida un don para Dios y para los hermanos.

Quizás, donde nadie imagina, Dios te está esperando para ser luz, sal y esperanza. ¿Te animas a descubrirlo?

Fuente: Boletín Salesiano 455

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