Una sonrisa cálida en medio de un clima helado: el testimonio de Miguel Ángel Morales, posvoluntario misionero internacional

Creo que cada persona nace con un propósito y con un don. El mío es servir y poner mis manos al servicio de los demás. Saber que puedo aportar con algo que, aunque parezca pequeño, puede cambiar la vida de una persona, es una experiencia profundamente significativa. Muchas personas aún no conocen a Dios y sus realidades suelen estar marcadas por la dificultad; sin embargo, recordarles que Dios las ama y que, a pesar de las circunstancias, Él siempre camina a su lado, se convierte en una de las mayores motivaciones de mi misión. Poder ofrecer mi tiempo, mis manos y mi corazón para ayudar y compartir el amor de Dios es una experiencia que transforma vidas: la de quienes reciben y también la de quienes servimos.

Desde muy joven sentí el deseo de ir a misiones para conocer distintas realidades y descubrir que, muchas veces, una sola sonrisa puede cambiar la vida de una persona. Estas experiencias me permitieron acercarme a diversas comunidades y comprender que, en cada camino, está presente la necesidad de encontrarse con Dios. Al inicio no siempre fue fácil adaptarme a nuevos lugares y contextos; sin embargo, el apoyo indispensable de mi familia, el acompañamiento de mis compañeros de misión, de los padres salesianos y de las personas de las comunidades hicieron que este proceso fuera mucho más sencillo y enriquecedor. Todas estas vivencias despertaron en mí el deseo de seguir sirviendo, lo que me llevó a asumir un nuevo voluntariado, esta vez en una misión fuera de mi país.

Al llegar a la misión salesiana de Escoma, en Bolivia, ubicada a aproximadamente 4000 metros sobre el nivel del mar, fui adaptándome poco a poco a la altura y a las condiciones del entorno. Durante este tiempo también tuve la oportunidad de conocer de cerca la cultura aymara y su riqueza comunitaria. Bolivia atravesaba entonces un contexto de tensiones políticas y sociales, con conflictos entre comunidades indígenas y autoridades. A pesar de estas dificultades y de una pobreza muy marcada en la región, conocí a personas con una admirable capacidad de resiliencia, que cada día luchan con esperanza por salir adelante.

Mi trabajo se centró principalmente en adolescentes y niños, quienes me regalaron una sonrisa cálida en medio de un clima helado. Con ellos compartí muchos momentos inolvidables a lo largo del año; momentos en los que aprendí a ser niño otra vez y, sobre todo, a descubrir a Dios en cada caída y en cada triunfo, tanto en mi vida como en la de las personas que conocí.

La misión también me permitió poner en práctica algo que ya había aprendido en el camino del servicio: que un misionero, muchas veces, debe estar dispuesto a ser todo para todos. Maestro en el aula, acompañante en el aprendizaje, catequista que anuncia a Dios e incluso alguien que ayuda a reparar lo que hace falta. Pero, más allá de cualquier tarea, mi misión principal fue estar presente, para que las personas pudieran experimentar cercanía, cariño y el amor de Dios a través de gestos sencillos.

Cuando llegó el momento de volver a casa, comprendí que ya no regresaba siendo el mismo. Volvía con el corazón lleno de historias, aprendizajes y rostros que nunca olvidaré. Fui a compartir mi tiempo y mis manos, pero regresé con mucho más: con la certeza de que Dios se hace presente en lo sencillo, en lo cotidiano y en cada persona que encontramos en el camino. Porque, cuando ponemos nuestras manos al servicio de los demás, Dios se encarga de tocar corazones… y también de transformar nuestra propia vida.

Miguel Ángel Morales

Fuente: Boletín Salesiano 454

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