El sábado 17 de octubre, en la basílica de María Auxiliadora en Turín-Valdocco, se celebró la 157.ͣ Expedición Misionera Salesiana, junto con la 149.ͣ de las Hijas de María Auxiliadora. Dieciocho Salesianos de Don Bosco y diez Hijas de María Auxiliadora (HMA) recibieron la cruz misionera y fueron enviados a todo el mundo.
Una celebración en vísperas de la Jornada Misionera
La misa de envío fue presidida por el Rector Mayor, Don Fabio Attard, en presencia de la Madre General de las HMA, madre Chiara Cazzuola. La fecha no fue casual: la celebración se realizó en vísperas de la 100.ͣ Jornada Misionera Mundial, vivida como un momento de fiesta para toda la Familia Salesiana y para toda la Iglesia.
Para hacer especial la jornada, también contribuyeron los encuentros dedicados a santa María Troncatti, HMA, canonizada el año pasado: al inicio de la misa fue inaugurada, en efecto, su estatua en la basílica.
La homilía del Rector Mayor
Partiendo de las lecturas del día, el Don Fabio recordó que, antes de preguntarse qué hacer, es necesario descubrir quién se es y de dónde se viene. Recordando al profeta Isaías y la llamada de Ciro, subrayó que la iniciativa es siempre de Dios: «Dios no recluta una fuerza de trabajo», sino que llama a cada uno por su nombre, con su rostro, su historia, sus dones y sus fragilidades. Por eso, la vocación misionera no es un premio ni una conquista, sino un don confiado antes incluso de poder comprenderlo. En los momentos de fatiga, soledad o insuficiencia, los misioneros son invitados a recordar que su misión se apoya en Aquel que los llamó.
La respuesta, explicó, no es ante todo un esfuerzo de voluntad, sino que madura dentro de una relación de amor: quien parte solo por deber, tarde o temprano se cansa; quien parte porque sabe que es amado vive el camino como crecimiento. Una experiencia que ya era de Don Bosco, desde el Sueño de los Nueve Años. De allí la invitación a cultivar cada día esta relación en la oración, en la Palabra y en la eucaristía.
Al comentar la carta de Pablo a los Tesalonicenses, el Rector Mayor indicó tres rasgos de la respuesta misionera: una fe comprometida, que se ve en los gestos antes que, en las palabras, porque los jóvenes leerán el Evangelio en la vida de los misioneros; una caridad infatigable, como la de Don Bosco, de la madre Mazzarello y de santa María Troncatti; una esperanza firme, que no es optimismo humano, sino certeza de que el Señor ya está obrando. «No partan como héroes, partan como discípulos, con humildad y con alegría», afirmó, recordando que el Espíritu precede a los misioneros en las culturas, en los pueblos y en el corazón de los jóvenes.
Del Evangelio sobre el tributo a César, el padre Attard extrajo una invitación a la libertad: el misionero sabe distinguir lo que es de Dios de lo que es de César y no confunde el Evangelio con el poder, el prestigio o el dinero. Citó el primer recuerdo que Don Bosco entregó a los misioneros en 1875: «Busquen almas, no dinero, ni honores, ni dignidades». Esta libertad, añadió, exige leer la realidad con inteligencia, conociendo la historia, la lengua, la cultura, las heridas y las esperanzas de los pueblos, y elegir con sabiduría según los sentimientos de Cristo.
Por último, recordó la gracia de unidad donada a Don Bosco: no dos vidas paralelas, sino una sola, unificada por el amor, entre la inteligencia pedagógica y la caridad pastoral. «Sean educadores atentos y evangelizadores sabios», exhortó, indicando en esto el motor del Sistema Preventivo.
La encomienda a María Auxiliadora
Al concluir, el Rector Mayor repitió a los misioneros las palabras dirigidas por Dios a su elegido: «Te he llamado por tu nombre». «Vayan con una fe comprometida, una caridad infatigable, una esperanza firme. Vayan libres, porque pertenecen a Dios», dijo, encomendándolos a María Auxiliadora, para que los tome de la mano y los acompañe en las tierras donde el Espíritu Santo ya los espera.

Fuente: ANS




