En el Auditorio “P. Virgilio Barbesi” de la Comunidad Salesiana de Cuenca-Yanuncay se celebró la Eucaristía de Funeral del Salesiano Coadjutor Tarcisio Battocchio. La misa fue presidida por el P. Juan Flores, vicario inspectorial, y fue concelebrada por varios hermanos salesianos que llegaron desde diferentes comunidades para brindarle el último adiós a Don Tarcisio.
A continuación, las palabras del padre Juan compartidas durante la homilía:
Tarcisio fue, ante todo, un hombre de trabajo y oración; en él se encarnó el carisma salesiano, haciendo realidad el sueño de Don Bosco para sus jóvenes. Su vida fue un servicio y un don misionero ofrecido desde su llegada al Ecuador en 1959. Su existencia fue una respuesta generosa a la llamada de Dios, dejándose conducir por la obediencia hacia cada rincón donde fue enviado: Paute, Bomboiza, Uzhuput y Cuenca.
Hoy, la Palabra nos sostiene: «Las almas de los justos están en las manos de Dios». En medio del dolor, esta certeza nos consuela: su vida no se pierde, sino que alcanza su plenitud en el Creador. Fue un hombre entregado que hizo de su vocación una ofrenda constante. Como nos recuerda el Papa Francisco, el consagrado es aquel que vive con un corazón indiviso, con los pies en la tierra y la mirada fija en el cielo, buscando que los proyectos de Dios se plasmen en los corazones de su comunidad.
En Tarcisio se hacía visible el espíritu de Don Bosco: cercanía, sencillez y dedicación. Fue ese «buen pastor» que llama a sus ovejas por su nombre; un hombre que supo acompañar, escuchar y guiar. Su alegría no era superficial, sino el fruto de saberse enviado.
Siempre pensaba en cómo ofrecer una profesión a los jóvenes, tanto en su amado Agronómico como en el Técnico. Como buen pastor, nunca se quedaba quieto. Recuerdo con alegría un proyecto que me presentó; cuando le sugerí pensarlo un poco más, ya las máquinas estaban trabajando a la mañana siguiente. Me dijo con sabiduría: «Confía en Dios y en la providencia, porque todo viene de su mano, especialmente cuando es para nuestros chicos».
Esa fidelidad se hizo visible en su entrega a la tierra. Su amor por la agronomía, por sus siembras y sus cosechas, era una expresión de la «espiritualidad de la paciencia». En un mundo que lo quiere todo inmediato, él nos enseñó que el fruto requiere savia y tiempo. En sintonía con la encíclica Laudato Si’, su vida testimonió que trabajar la tierra es una forma de oración y de cuidado de nuestra Casa Común.
Como educador, Tarcisio vivió con amable firmeza. Fue cercano, pero claro; paciente, pero orientador. Sus alumnos lo recuerdan por su exigencia, pues enseñaba que las cosas deben hacerse siempre bien. Fue un formador de corazones que enseñó más con el ejemplo que con las palabras.
Su disponibilidad fue constante hasta el final, alimentada por la Eucaristía, el Rosario y la Liturgia de las Horas. Hoy creemos que ha cruzado esa puerta que es Cristo, para encontrar pastos eternos.
Querido hermano, te extrañaré. Un abrazo tuyo bastaba para recomponer lo que se estaba cayendo; una mirada tuya inyectaba deseos de ser mejor. Aprendí a leer tus silencios y a escuchar tu voz aun cuando callabas. Gracias por esa paz de abuelo que acoge, de padre que anima y de amigo que se alegra con el triunfo ajeno.
Gracias, mi «viejito» querido. Sé que de ahora en adelante me acompañarás en todo momento. A nombre de la Inspectoría, quiero agradecer profundamente a quienes cuidaron de él: a las cuatro personas de su comunidad por su amor y compromiso, a los hermanos de la comunidad Sagrado Corazón de Yanuncay: P. Ángel Lazo, P. David De la Cruz, P. Franklin Arévalo y a los voluntarios que lo acompañaron en sus últimos momentos.
Gracias, Tarcisio, porque hoy podemos decir: la tarea está cumplida.

Oficina Salesiana de Comunicación




