La Misa de Beatificación del P. Elia Comini, SDB, P. Martino Capelli y P. Ubaldo Marchioni

El domingo 27 de septiembre, en la Basílica de San Petronio de Bolonia, fueron beatificados el P. Elia Comini, salesiano, el P. Ubaldo Marchioni, sacerdote diocesano, y el P. Martino Capelli, dehonianio, asesinados por las tropas nazis en 1944 en las masacres de Monte Sole. La ceremonia de beatificación se desarrolló durante la Solemne Misa presidida por el Cardenal Marcello Semeraro, Prefecto del Dicasterio de las Causas de los Santos, en presencia de aproximadamente trescientos cincuenta concelebrantes, entre ellos el Arzobispo cardenal Matteo Zuppi, el cardenal Ángel Fernández Artime, Pro-Prefecto del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, el P. Fabio Attard, Rector Mayor, y el P. Carlos Luis Suárez Codorniú, Superior General de la Congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús (dehonianos).

Con gran emoción y un notable fervor, los representantes de la arquidiócesis de Bolonia y de las dos familias religiosas involucradas vivieron el rito de beatificación realizado al inicio de la Misa.

Los perfiles de los tres sacerdotes: pastores que no abandonaron a su grey

Tras la solicitud de beatificación de los venerables siervos de Dios presentada por el cardenal Zuppi, los postuladores trazaron los perfiles de los tres sacerdotes: P. Simone Nannetti para el P. Ubaldo Marchioni; P. Pierluigi Cameroni para el P. Elia Comini; y el P. Ramón Domínguez Fraile para el P. Martino Capelli. A continuación, el cardenal Semeraro leyó, en nombre del Papa, la carta apostólica que inscribe a los tres en el registro de los beatos y establece su memoria litúrgica para el 13 de octubre. A los pies del altar se colocaron las reliquias de los tres sacerdotes: la Biblia y una pluma para el padre Marchioni; el diario personal para el padre Comini; y un escrito personal de consagración a la Madre de Dios para padre Capelli.

Los tres nuevos beatos fueron presentados como pastores que, por amor a Cristo y a su comunidad, eligieron no abandonar a su grey, incluso cuando habrían podido salvarse. No fueron héroes, sino hombres indefensos, profundamente enamorados de Dios y del prójimo, capaces de entregarse hasta el final.

El cardenal Semeraro subrayó que su martirio nace de un amor que se vacía de sí mismo: precisamente ese vacío se convirtió en el lugar donde floreció la caridad. Su testimonio permanece como un ejemplo para un mundo herido pero sediento de esperanza, e invita a construir una civilización del amor y comunidades fundadas en la fraternidad.

Vidas llevadas a plenitud por el amor

Al trazar los perfiles de los nuevos beatos, el cardenal recordó que «sus vidas no fueron destrozadas por el mal, sino llevadas a plenitud por el amor. Por eso su sangre no clama venganza, sino que anuncia a Cristo».

El padre Ubaldo «prefirió permanecer junto a su gente – dijo Semeraro –; cayó sobre los escalones del altar, casi ofreciendo su propia vida junto al sacrificio eucarístico». Para memoria perpetua de su martirio, la comunidad monástica de Dossetti guarda una custodia acribillada por balas, encontrada entre los escombros de la iglesia de Casaglia. El papá del padre Ubaldo fue uno de los pocos que no se opuso a la solicitud de gracia presentada por Walter Reder, el mayor de las SS que había coordinado la masacre de Monte Sole.

El P. Elia Comini, explicó el prefecto de las Causas de los Santos, después de celebrar «la que sería la última Misa de su vida, se dejó realmente quebrantar, como el pan eucarístico, por la salvación de su pueblo». Salesiano fue asesinado el 1 de octubre de 1944, en el embalse de la Canapiera de Pioppe di Salvaro, tras ser capturado mientras llevaba con el P. Martino Capelli la extremaunción a los agonizantes de la masacre de Creda. Este último, dehonianio, «permaneció presente como pastor, – explicó el cardenal – como hermano y como hombre de Dios». «Su fidelidad sacerdotal se convirtió en testimonio del corazón abierto de Cristo». Antes de convertirse en sacerdote, padre Martino pidió a la Virgen de Guadalupe la gracia de poder ser mártir. Murió invocando el perdón, junto a don Elia, tras el arresto por parte de las SS alemanas, el fusilamiento y luego la profanación con los cuerpos destrozados por granadas de mano lanzadas por los soldados.

Su sangre, concluyó Semeraro, es «el perfume de una Iglesia que no huye, que no abandona, que permanece solidaria junto a quien sufre».

Fuente: ANS

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