Raoul D’Haene, Etsa: el sol de la selva amazónica

Raoul D’Haene —Raúl para muchos— no llegó a la Amazonía ecuatoriana con un proyecto perfectamente trazado. Llegó con un sueño misionero, una preparación sencilla y la voluntad de entregar la vida. Había nacido en Bélgica, en 1928, en una familia trabajadora. Aprendió mecánica, se formó como enfermero y, después de mucho esfuerzo, siguió el camino salesiano. En 1955 dejó su patria y partió hacia Ecuador. Creía que venía a enseñar; con los años comprendería que también había venido a aprender.

Su primer destino fue el Vicariato Apostólico de Méndez. En Méndez, Kuchantsa y Bomboiza comenzó a conocer la vida del pueblo shuar, su lengua, sus costumbres y su manera de comprender el mundo. Más tarde, ya sacerdote, sirvió en Yaupi, Taisha, Santiago y, durante veintidós años, en Miazal. Su misión no transcurrió detrás de un escritorio. Caminaba durante horas y, a veces, durante días para visitar comunidades y familias. Llevaba el Evangelio, pero también medicinas, herramientas, conocimientos técnicos y una profunda disponibilidad para compartir la vida.

Una escena revela el temple profético de este misionero. En 1964, unos militares asesinaron a un chamán shuar y pretendieron culpar a los propios indígenas. Raoul no guardó silencio. Enfrentó al responsable, denunció la mentira y acudió a las autoridades superiores. Cuando le advirtieron que podían vengarse y matarlo, respondió: «Tenía que hacerlo, monseñor. Hay que hablar en nombre de aquellos que ya no pueden hacerlo». Desde entonces, los shuar lo reconocieron como alguien que no solo vivía entre ellos, sino que estaba dispuesto a arriesgarse por su dignidad.

Su modo de evangelizar nació de esa cercanía. Cuando le preguntaron cómo podía ser, al mismo tiempo, agricultor, mecánico, técnico de radio, enfermero, profesor y defensor, respondió: «Precisamente porque soy misionero, ejerzo todas estas profesiones». Para él, anunciar a Cristo significaba compartir el hogar, la comida, la alegría y el sufrimiento de la gente. La fe no era una palabra separada de la vida, sino una presencia que educaba, curaba, organizaba y acompañaba.

Raoul no quiso que el pueblo shuar dependiera siempre del misionero. Se preocupó por formar catequistas e involucrar a los propios indígenas en la evangelización de su pueblo. También apoyó las iniciativas que les permitieran asumir responsabilidades en su educación, salud, territorio y organización social. Comprendió que anunciar el Evangelio sin defender la dignidad y los derechos de las personas podía convertir la misión en un discurso vacío.

Pero su mayor transformación ocurrió en su interior. Había llegado con respuestas preparadas; la convivencia le enseñó a desprenderse de ellas. En una de sus últimas reflexiones reconoció que los shuar, con su sabiduría, tuvieron que ayudarlo a comprender lo que Cristo quería decirles. No se consideró dueño del Evangelio, sino discípulo. Descubrió que la Palabra podía florecer desde la cultura shuar y que la evangelización auténtica no borra la identidad de un pueblo, sino que dialoga con ella, la respeta y se deja enriquecer.

Su formación como enfermero se convirtió también en una forma concreta de misericordia. Llevaba un botiquín bien provisto, atendía enfermedades y emergencias, y aprendía de los conocimientos shuar sobre plantas medicinales. La gente llegó a reconocerlo como un sanador, no porque buscara prestigio, sino porque estaba disponible cuando el dolor llamaba a su puerta. Para Raoul, la salvación de Cristo alcanzaba a la persona entera y comenzaba muchas veces por cuidar la vida herida.

No fue un hombre perfecto ni una figura sin tensiones. Le costaba enfrentar algunos desacuerdos comunitarios y prefería muchas veces la soledad de Miazal. Precisamente por eso, su testimonio resulta más cercano: no fue un héroe construido sin fragilidades, sino un salesiano concreto, tenaz y apasionado, que hizo de su existencia una respuesta cotidiana.

En sus últimos años padeció la enfermedad de Parkinson, sordera y un largo tratamiento médico. Murió el 30 de junio de 2007, después de haber dedicado más de medio siglo al pueblo shuar. Quedó la memoria de un pastor austero, itinerante y cercano; un hombre que curaba heridas, formaba comunidades y aprendía mientras anunciaba.

Hoy, cuando la misión corre el riesgo de hablar demasiado y escuchar poco, la vida de Raoul D’Haene nos interpela. Evangelizar no es llegar con todas las respuestas, sino caminar con el pueblo, reconocer la presencia de Dios en su historia y defender su derecho a vivir con dignidad. ¿Estamos dispuestos a salir de nuestras seguridades, escuchar de verdad y convertirnos también nosotros en discípulos de aquellos a quienes queremos servir?

P. Carlos Zanutto, SDB

Fuente: Boletín Salesiano 456

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This field is required.

This field is required.