Don Bosco: un hijo devoto del Papa y de la Iglesia

Leer a Don Bosco solo como educador o reformador social significa perder de vista uno de los ejes principales de su identidad: su profunda, afectiva y efectiva devoción al Santo Padre y a la Iglesia. Desde sus primeros años de sacerdocio hasta la muerte, el Papa y la Iglesia no eran para él simples realidades institucionales, sino signos sacramentales vivientes de la presencia permanente de Cristo. Eran la vía segura de la salvación para los jóvenes que amaba con pasión pastoral.

El Papa Juan XXIII captó esta coherencia interior con luminosa claridad: «Quien sabe leer en la vida de Don Bosco ve que él era tanto el sacerdote de los jóvenes como el sacerdote del Papa… No podemos comprender plenamente el espíritu que siempre animó a San Juan Bosco si olvidamos su devoción muy especial a la Cátedra de Roma».

Su entero proyecto espiritual y pastoral puede, por tanto, ser descrito como un único gran movimiento: conducir a los jóvenes a Cristo a través de una pedagogía de la alegría y de la santidad, al interior y para la Iglesia, en comunión filial con el Sucesor de Pedro.

Enraizado en Pedro: el corazón eclesial de Don Bosco

En la base de la devoción de Don Bosco había una eclesiología sólida y concreta. Con sencillez y convicción, él profesaba que Cristo había fundado una sola Iglesia —única esperanza de salvación— históricamente identificable con la Iglesia católica romana, que ha conservado intacta la verdad transmitida a través de la sucesión apostólica desde Pedro hasta el actual Sumo Pontífice.

Para Don Bosco, la comunión con el Papa no era un sentimiento o una ideología, sino una realidad teológica. Él afirmaba con claridad: «Quien está en unión con el Papa está en unión con Jesucristo». La unión con Pedro significaba unión con Cristo, porque el Papa es el principio visible de la unidad en la Iglesia fundada por el Señor.

Así podía declarar sin vacilación: «En materia de religión estoy con el Papa… hasta la muerte». El amor por el Papa era, en su comprensión, una expresión concreta y fiel del amor por Cristo y de la fidelidad a la verdad.

Al servicio de los jóvenes y del Sucesor de Pedro

Esta convicción plasmó su vida. En un siglo marcado por el anticlericalismo y por la feroz oposición al papado, Don Bosco permaneció serenamente y valientemente al lado del Santo Padre. Su estrecha relación con Pío IX —que lo recibía a menudo y le confiaba delicadas responsabilidades— revelaba un vínculo de confianza y de afecto filial.

En los momentos de prueba para el Pontífice, Don Bosco podía asegurarle: «¡Santo Padre, mis hijos lo aman! ¡Lo llevan en el corazón!». Él educó a sus muchachos a rezar por el Papa, a defenderlo y a amarlo como a un padre.

Esta devoción se volvió institucional en la fundación de la Sociedad Salesiana. Poco antes de morir, reveló lo que definió un «secreto» de su corazón: los salesianos tendrían como objetivo especial el sostén de la autoridad del Papa dondequiera que trabajaran. La comunión con el Santo Padre y el servicio a él se convirtieron así en un elemento estructural del carisma salesiano.

Su amor eclesial encontró expresión visible también en grandes obras —la Basílica de María Auxiliadora en Turín y la Iglesia del Sagrado Corazón en Roma— erigidas con enormes sacrificios como actos de fidelidad a Cristo, devoción a María y sostén concreto a los papas.

Espiritualidad eclesial y carisma salesiano

El amor de Don Bosco por la Iglesia se ha convertido en una herencia espiritual. La espiritualidad salesiana es profundamente eclesial: construye comunión, favorece la colaboración al interior de las comunidades cristianas y educa a los jóvenes a sentirse en casa en la Iglesia y responsables de su misión.

El mismo Sistema Preventivo es una escuela de vida eclesial. Conduce a los jóvenes a los sacramentos, los forma en la fidelidad a sus pastores y despierta en ellos la generosidad misionera. La devoción a la Iglesia y al Vicario de Cristo acompaña la devoción eucarística y mariana como pilar de la identidad salesiana. Ser hijos e hijas de Don Bosco significa vivir la propia vocación desde el corazón de la Iglesia, en comunión afectiva y efectiva con el Sucesor de Pedro.

El testimonio eclesial de Don Bosco para hoy

Sobre el trasfondo de los tumultuosos conflictos del siglo XIX, la posición de Don Bosco aparece al mismo tiempo realista y profética. Él no negaba las dificultades, pero leía la historia a la luz de la fe. En tiempos de tempestad, la brújula segura permanecía la Iglesia y, en su interior, el Papa. Su sostén al papado no era nunca ideológico, sino pastoral y educativo. Formó generaciones de jóvenes creyentes que amaban la Iglesia, respetaban a sus pastores y estaban listos a dar la vida por su misión.

En una época caracterizada por polarización y tensión, Don Bosco ofrece una síntesis luminosa. Se puede ser apasionadamente comprometidos con respecto a los pobres e innovadores en la educación, y al mismo tiempo profundamente enraizados en la tradición y en la obediencia leal al Papa. Su «triple secreto», o las tres devociones – devoción a Jesús en el Santísimo Sacramento, devoción a María Auxiliadora y devoción al Santo Padre y a la Iglesia – permanece como un programa exigente y radiante para la Familia Salesiana y para toda la Iglesia hoy.

Fuente: ANS

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