Hoy en día, quedarse solo con la teoría ya no es suficiente; por eso, los colegios salesianos han dado un paso al frente, convirtiendo sus laboratorios de ciencia y tecnología en el verdadero corazón del aprendizaje práctico. Siguiendo el sueño de San Juan Bosco, la idea no es solo llenar la cabeza de los chicos con datos, sino prepararlos para el mundo real, entregándoles herramientas técnicas sin olvidar su calidad humana.
Aprender haciendo, no solo leyendo
Las cosas se entienden de verdad cuando se ensayan y se viven; entrar a un laboratorio de ciencias significa dejar el cuaderno un rato para ver cómo funciona el mundo con los propios ojos: mezclar químicos, entender la física de las cosas y asombrarse con la biología; es justo ahí, donde nace esa curiosidad que los vuelve mucho más analíticos e investigativos.
Lo mismo ocurre en los espacios de tecnología; al sentarse frente a una computadora para programar o armar un robot, los estudiantes no están simplemente pasando el rato; se están entrenando para los trabajos del mañana; aprenden a lidiar con errores, a buscar soluciones en grupo y a darle vida a proyectos que realmente valen la pena.
Los maestros: el motor detrás de la innovación
Pero, seamos honestos, ni la mejor computadora funciona sola. Detrás de cada proyecto exitoso hay un educador salesiano que hace la diferencia. No son los típicos maestros que se limitan a dictar fórmulas o a revisar códigos; son guías cercanos, que se mantienen actualizados y saben exactamente cómo contagiar las ganas de aprender y de crear.
Fieles al estilo de Don Bosco, a estos profesores no les basta con sacar genios en matemáticas o informática. Ellos buscan formar buenas personas. Son quienes se aseguran de que, entre cables y microscopios, los chicos aprendan a respetarse, a ser solidarios y a entender que la ciencia sin ética siempre estará incompleta.
La UEFMA: el reflejo vivo de esta misión en Esmeraldas
Un ejemplo bellísimo de cómo toda esta teoría se convierte en vida cotidiana lo encontramos en la Unidad Educativa Fiscomisional María Auxiliadora (UEFMA). En esta emblemática institución de Esmeraldas, la innovación y la tecnología no son privilegios de unos pocos, sino herramientas abiertas para todos. En las aulas y laboratorios de la UEFMA, los jóvenes (incluso aquellos que enfrentan realidades económicas difíciles o desafíos cognitivos) encuentran un espacio seguro y libre para expresarse, donde se siembran valores católicos y se sana el corazón a través de la convivencia diaria; la UEFMA demuestra con creces que, cuando la ciencia se encuentra con el carisma salesiano, las barreras desaparecen.
Descubriendo qué quieren ser de grandes
Toda esta dinámica provoca un cambio inmenso en los estudiantes; al sentirse dueños de lo que aprenden, su motivación se dispara. Empiezan a dejar de lado la competencia para enfocarse en colaborar, porque descubren que los proyectos más grandes siempre necesitan del esfuerzo de todos.
Es muy común que en estas aulas descubran su verdadera vocación, de ahí salen los futuros ingenieros, médicos, científicos y programadores. Y lo más bonito es que aprenden a usar toda esa innovación para resolver problemas reales, preocupándose por cuidar el medio ambiente y ayudar a sus comunidades.
Tecnología que late con fuerza
Al final del día, el desafío más grande para los jóvenes no es aprender a usar la Inteligencia Artificial o la última herramienta digital. El verdadero éxito es que aprendan a usar todo eso para hacer el bien.
Gracias a la ciencia, la tecnología y el respaldo incondicional de sus maestros, la educación salesiana sigue cumpliendo su promesa de siempre: entregar al mundo «buenos cristianos y honrados ciudadanos». Jóvenes que no solo saben cómo sobrevivir al futuro, sino que están completamente listos para construir un lugar mucho más justo, inclusivo y humano para todos.

Autor: Iori Andrés Crespo Manzaba | miembro investigador del CIRC
Asesor: MSc. Elio Ramirez Rubira | fundador y director del CIRC




