Mi historia en la Unidad Educativa Salesiana Domingo Savio comenzó de una manera muy especial. Recuerdo que el P. Ángel Miglio me recibió y, después de entregarme unos textos, me dijo: «Te espero el lunes». Todo fue de palabra, me preguntaba si realmente recordaría que me había citado a las ocho de la mañana, pues para ese tiempo ya era una persona adulta.
La anécdota más bonita de aquel momento ocurrió precisamente ese lunes. El padre Miglio llegó hasta mi casa, cuando me asomé, me dijo: «Te voy a llevar al colegio». Me sorprendió muchísimo su gesto y le respondí: «Pero usted me dijo a las ocho», con una sonrisa, contestó: «No te preocupes, yo te espero».
Con el paso de los años, he llegado a la convicción de que toda persona que llega a una casa salesiana lo hace de la mano de María Auxiliadora. Así interpreté aquel gesto del padre Miglio. Cuando llegué, apenas sabía rezar y persignarme; todo lo demás lo fui aprendiendo aquí, poco a poco, acompañada por la espiritualidad salesiana y por las personas que formaron parte de este camino.
Después del padre Miglio llegó el P. Francisco Gómez y posteriormente el P. Víctor Condo, de quien guardo un recuerdo muy particular. Un día entró a mi aula mientras yo daba clases, sin percatarme de que era él, les dije a mis estudiantes: «chicos, a sus puestos», luego, al ver a alguien al fondo, pregunté: «¿Qué hace ese joven atrás?», él levantó la cabeza, me miró y sonrió. Fue un momento muy gracioso que aún recuerdo con cariño.
La llegada del P. Alfredo Espinoza, quien ahora es Arzobispo de Quito, también fue toda una sorpresa. No lo conocíamos y durante una formación observaba su rostro tratando de identificarlo entre los padres de familia. Al finalizar el acto, con su característica voz firme, expresó: «¿Cómo puede ser posible que he llegado a la institución siendo director y nadie me ha recibido?». Fue así como empezamos a conocer su personalidad con el tiempo se convirtió en una persona muy cercana al personal, amable y siempre dispuesto a compartir enseñanzas. Una de las frases que más recuerdo de él era: «Ser pobre no significa ser miserable».
Hay un momento relacionado con el padre Alfredo que permanece grabado en mi memoria. Aunque no soy sentimental, la Eucaristía en la que entregó la dirección de la institución al P. Marcelo Bravo fue conmovedora. Cuidó cada detalle y compartió unas palabras llenas de gratitud, expresando que dejaba en buenas manos aquella casa salesiana que había significado tanto aprendizaje y tantos momentos valiosos en su vida.
Posteriormente, llegó el P. Marcelo Bravo, cuya característica más recordada era recorrer el patio central acompañado de algún colaborador. Entre compañeros solíamos bromear diciendo: «Uy, seguro es un llamado de atención». Sin embargo, él tenía una manera muy especial de acercarse a las personas, escuchaba con atención, dialogaba y, a través de frases sencillas pero significativas, lograba transmitir aquello que deseaba.
Con el tiempo surgió la necesidad de que laicos asumieran la dirección de las obras educativas, debido a la disminución del número de sacerdotes. En un primer momento estuvo al frente el P. Alberto Henriques y posteriormente se buscó el perfil adecuado para liderar la institución desde el ámbito laical. Así llegaron el Mgtr. Arturo Chiquito, el Mgtr. Erick Magallanes y, finalmente, la Mgtr. María Eugenia Carpio.
Al mirar hacia atrás, puedo decir que mis recuerdos en esta institución son mucho más felices que tristes. Desde el primer día me abrieron las puertas con generosidad y confianza. Aquí he aprendido, crecido y encontrado una segunda familia. Después de 24 años de servicio, agradezco profundamente a Dios, a María Auxiliadora y a la familia salesiana por permitirme ser parte de esta historia que hoy celebra 65 años de vida, educación y esperanza.
Lcda. Sara Ubilla
Docente UES Domingo Savio
Departamento de Comunicación – Salesianos Guayaquil




