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CELEBRAMOS

El Congreso Misionero
P. Juan Bottasso, sdb

La celebración, en Quito, del Tercer Congreso Americano Misionero (CAM: 12-17 de agosto) es un acontecimiento de gran importancia, porque debe ayudar a cambiar, en profundidad, la Iglesia Católica del Continente.

A lo largo del siglo XX, por muchas décadas, las grandes Semanas Misioneras de Lovaina (Bélgica), Burgos (España) y Milán (Italia) marcaron la pauta de la reflexión misionológica de la Iglesia Católica. Se trataba de acontecimientos que se daban al interior de países ricos en fervor misionero y capaces de enviar legiones de apóstoles, hombres y mujeres, a todo el mundo. Las Iglesias de América Latina figuraron entre las principales destinatarias de estos envíos.

Hoy, el panorama es otro. En Europa la reflexión teológica sobre temas misioneros no se ha agotado, pero lo que escasea son las vocaciones. La llamada a dar el relevo al Viejo Continente, en esta tarea, debería ser América Latina: está llena de jóvenes y tiene comunidades ricas en iniciativas. Pero no se puede decir que el relevo ya se esté dando. Hay vocaciones, pero en un número todavía insuficiente para cubrir sus propias urgencias.

Los misioneros «ad gentes», es decir, dispuestos a marchar a otros países y continentes, son aún relativamente pocos. Algunas Iglesias de África, como la de Nigeria, o de Asia como las de la India, Vietnam y Corea, a pesar de contar con una evangelización más reciente, tienen una vitalidad misionera mucho más notable que la de nuestro continente, que comenzó a ser evangelizado hace más de 500 años.

El CAM de Quito, como los de Panamá y Guatemala que lo precedieron, debería servir para despertar en los creyentes latinoamericanos la conciencia de ser corresponsables de la evangelización del mundo. Después de cinco siglos, ha llegado la hora de devolver algo de lo mucho que se ha recibido. La mitad de los católicos del planeta se encuentran en América: de ella debería salir la mayoría de los misioneros para anunciar el Evangelio de Cristo, allá donde no es conocido. Una Iglesia que no envía es inmadura o decrépita. Sería doloroso tener que decir esto de los católicos latinoamericanos.

Los Mormones, para hacer un ejemplo, en el mundo son doce millones y tienen sesenta mil misioneros. No se trata de personas que dedican la vida entera a la misión, sino un período. De todas maneras es una cifra impresionante. En lugar de quejarnos de nuestras penurias, ¿no podríamos preguntarnos cómo hacen otros para entusiasmar a sus jóvenes?

juanbottasso@yahoo.com

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